El “Hogar” que nos Sostiene
Inspirado en Winnicott y el mito de la Selkie, exploramos qué necesitamos en nuestras relaciones para poder, al fin, quitarnos las máscaras.
Hace unos días, nos sumergimos en las aguas frías y profundas del mito de la Selkie. Hablamos de esa criatura mítica, mitad foca, mitad mujer, que es despojada de su piel y, con ella, de su verdadera naturaleza. Atrapada en tierra, se convierte en una esposa perfecta, en una madre abnegada, pero con la mirada siempre perdida en el mar, anhelando el hogar que le fue arrebatado.
La historia de la Selkie es la historia de la máscara. Es el relato poético de cómo, para ser amados, para sobrevivir en un entorno que no comprende nuestra alma salvaje, aprendemos a esconder nuestra piel. Aprendemos a ser lo que se espera de nosotros.
Pero, ¿qué es esa “piel”? ¿Y por qué la escondimos?
Aquí es donde la sabiduría del psicoanalista Donald Winnicott ilumina el mito. Él no hablaría de un biberón que llega tarde. Hablaría de algo mucho más sutil y doloroso. Hablaría de un entorno que no fue “suficientemente bueno”.
No se trata de un único evento traumático. Se trata de un clima emocional. Imagina a un niño lleno de una energía desbordante, de una rabia volcánica, de una tristeza oceánica. Si los adultos a su alrededor no pueden “sostener” esas emociones, si se asustan, se enfadan, lo ridiculizan o simplemente lo ignoran, el niño aprende una lección devastadora: “Hay partes de mí que no son amables. Mi intensidad, mi necesidad, mi verdad... son demasiado. Para que me quieran, tengo que guardar todo esto bajo llave”.
Como el pescador que roba y esconde la piel de la Selkie para que no vuelva al mar, el entorno “no suficientemente bueno” nos obliga a esconder nuestra verdadera naturaleza para poder pertenecer al mundo terrestre. Y así, nos ponemos la máscara. La máscara de la “buena niña” que nunca se enfada, del “hombre fuerte” que no siente miedo, de la persona complaciente que ha olvidado cuáles son sus propios deseos. Vivimos una vida en la superficie, anhelando en secreto la profundidad del océano que nos pertenece.
Entonces, la pregunta crucial es: ¿cómo recuperamos nuestra piel? ¿Qué necesitamos para sentirnos lo suficientemente seguros como para volver a ser nosotros mismos, completos y salvajes?
Necesitamos, en nuestras relaciones adultas, co-crear ese “entorno suficientemente bueno” que quizás nos faltó. Un “hogar” emocional que no es una jaula, sino una costa segura desde la cual podemos volver al mar. Este hogar se construye sobre cuatro pilares
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1. El Sostenimiento (Holding): El Mar en Calma. Es la presencia de alguien que puede quedarse a tu lado mientras la marea de tu tristeza o tu ansiedad sube, sin intentar detener las olas. No te dice “no llores” o “no te preocupes”. Simplemente está ahí, siendo el ancla, transmitiendo con su calma que no te vas a ahogar, que el mar que llevas dentro no va a destruir el mundo. Es la seguridad de que puedes romperte en pedazos y la otra persona te sostendrá, sin miedo.
2. La Fiabilidad: La Certeza de la Costa. La Selkie sabe que, aunque se adentre en el mar, la costa seguirá ahí. En nuestras relaciones, la fiabilidad es esa constancia. Es saber que el amor, el respeto y la aceptación del otro no dependen de nuestro estado de ánimo o de nuestro éxito. Es un amor que no es condicional a que sigamos siendo la “esposa perfecta” en tierra firme. Esta seguridad nos permite dejar de vigilar constantemente y empezar a buscar, con confianza, la piel que perdimos.
3. El Reflejo: Ver el Mar en Nuestros Ojos. La máscara se mantiene porque tememos que si alguien viera nuestra verdadera naturaleza, se horrorizaría. Un entorno sanador es aquel en el que el otro no solo tolera nuestra alma de Selkie, sino que la ve, la reconoce y la ama. Es la pareja que te dice: “Amo tu intensidad”. Es el amigo que te dice: “Tu sensibilidad no es una debilidad, es tu superpoder”. Cuando alguien nos refleja nuestra verdad con amor, empezamos a creer que no es monstruosa, sino hermosa.
4. Sobrevivir a la Tormenta: El Poder de la Resiliencia. Para confiar de verdad en que podemos quitarnos la máscara, necesitamos saber que la relación sobrevivirá a nuestra tormenta interior. Necesitamos poder enfadarnos, discrepar, mostrar nuestro lado más egoísta o herido, y descubrir que, al día siguiente, el otro sigue ahí. Cuando una relación sobrevive a nuestra “destructividad” (que en realidad es solo nuestra humanidad no filtrada), se produce un milagro: nos damos cuenta de que nuestro verdadero yo no es tan peligroso como creíamos. Que nuestro amor es más fuerte que nuestras tormentas.
Recuperar nuestra piel no significa que tengamos que abandonar la tierra y a quienes amamos en ella. Significa encontrar a esas personas y crear esos espacios donde ya no tengamos que elegir. Donde podamos caminar por la tierra con la sal en el pelo y la sabiduría del océano en la mirada. Donde podamos ser, al fin, salvaje y tiernamente, nosotros mismos.
Para la reflexión: ¿Quién o qué en tu vida funciona como esa “costa segura”? ¿En presencia de quién sientes que no tienes que esconder tu piel?



Durante años pensé y sentí que no podía mostrarme tal cual era ante mis amigos. Ahora, con más de 20 años de amistad, con los viejos amigos en la distancia, comencé a mostrar un poco de mis costuras.
Me costó mucho porque no sabía que dirían, no quería que vieran a la otra yo, que se cayera la imagen que tenían de mí; y resultó que al abrir ese espacio tan íntimo, ellos no dijeron nada. Solo escucharon, sin juzgar y me contaron las cosas difíciles que estaban atravesando.
Entonces entendí, que era yo, la que no se dejaba ver tal como era.
Fue iluminador darme cuenta de eso.
La escritura también se ha convertido en una costa segura, recién descubierta estos últimos años.
Gracias por compartir! ✨️